Acaba de finalizar una campaña electoral donde la mayoría
de los medios de comunicación ha dedicado grandes titulares, y la mayor parte
de sus páginas y horarios de máxima audiencia, a mítines y debates televisados
en los que las principales proclamas han versado sobre quién es el más español
de España, cuántas naciones hay en España y cuántos partidos habrá en España si
alguna de las formaciones (nunca mejor dicho) que se presenta llega al poder.
Temas todos ellos muy distantes de lo que debiera debatirse en unas elecciones.
Es decir, de conocer cuáles son las propuestas de gobierno para resolver los
problemas que afectan en el día a día al conjunto de la ciudadanía, a partir de
acuerdos mayoritarios asentados sobre bases democráticas. Acabamos de salir de
una crisis y según parece estamos a las puertas de otra. Nada nuevo si tenemos
en cuenta que la economía, como casi todo en la vida, está llena de ciclos.
Pero lo preocupante es que no hemos debido aprender las lecciones en términos
de democracia, o de ausencia de ella más bien, que nos ha dejado la última. Por
ello, no se entiende que no hayan estado sobre el tapete electoral de manera
clara y contundente medidas para garantizar una vida digna al conjunto de los
ciudadanos y, sobre todo, para disminuir las desigualdades sociales. Quizás
porque quienes realmente mandan no se presentan a las elecciones.
